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Padre Hernan Quijano Guesalaga
Arquidiocesis Parana (Arg)
HOMILÍAS Y PLÁTICAS SOBRE EL SACERDOCIO (mayormente predicadas a los seminaristas de Paraná)
 
 
HOMILIA EN PRIMERA MISA NEOPRESBITERO MARCELINO MOYA
MARIA GRANDE, ENTRE RÍOS, SABADO 5 DE DICIEMBRE DE 1992
La parábola del árbol para comprender el sacerdote
                       
                        Queridos hermanos:
                        Una tradición en la Iglesia, en la primera Misa de un neosacerdote, ofrece la palabra en la homilía a otro sacerdote mayor. Agradezco el honor que me ha hecho Marcelino y con el permiso del Sr Cura Párroco intentaré guiar una reflexión para que todos tomemos mayor conciencia y valoremos el gran don sacerdocio en Marcelino. Don de Dios para Maria Grande en su primera vocación que arriba al sacerdocio.  Don de Maria Grande para la Iglesia de su primogénito sacerdote.
                        Las lecturas de este II° Domingo de Adviento nos inspirarán para nuestra meditación. Los años del Seminario fueron para Marcelino, su familia y la comunidad parroquial, como un tiempo de Adviento que ha preparado y madurado el fruto que hoy la Iglesia cosecha y pone como ofrenda en el altar, unida al mismo Cristo.
                        En efecto, en la primera lectura, tomada del Antiguo Testamento, el Profeta Isaías anuncia la esperanza de una rama que saldrá del tronco de Jesé y un retoño que brotará de sus raíces. Sobre él reposará  y lo inspirará el Espíritu del Señor con sus dones de sabiduría e inteligencia, consejo y fortaleza, ciencia y temor.
                        Refiriéndose al Mesías prometido, a Cristo, vislumbrado en el futuro, el profeta asegura que no juzgará según las apariencias ni por lo que oiga decir sino que juzgará con justicia a los débiles y  con rectitud a los pobres, defendiéndolos de los violentos y malvados. En un tiempo en que el Pueblo elegido vivía muchas injusticias, Isaías anuncia el renacer de este retoño brotado de las raíces de un tronco talado y maltratado.
                        Y en este tiempo mesiánico venidero feliz, se volverá a la paz y armonía del paraiso terrenal antes del pecado de Adán. Es lo que expresa el texto mediante la metáfora del lobo habitando con el cordero, el leopardo recostado junto al cabrito, el ternero y el cachorro de león engordando juntos...Sin violencia, sin imponerse los fuertes a los débiles. Metáfora en la que los animales inferiores se convierten, como en los cuentos para los niños, en maestros de las virtudes humanas: El abrazo fraterno de todos los hombres, de todas las naciones.
                        Y San Pablo en la segunda lectura, nos hace ver cómo Cristo cumplió las promesas que Dios había hecho en el pasado a través de los profetas. Cristo es la justicia y la paz que florecen, el retoño rebrotado del tronco. Para instaurar ese tiempo de concordia, Cristo, como dice San Pablo a los Romanos, se hizo servidor de los judíos. Y por eso mismo,
el Apóstol nos exhorta a ser mutuamente acogedores como Cristo nos acogió a nosotros. Y pide a Dios que nos conceda tener los mismos sentimientos unos hacia otros a ejemplo de Cristo Jesús, para que glorifiquemos al Padre con un solo corazón y una sola voz.
                        Pues bien, el sacerdote sigue cumpliendo los tiempos mesiánicos. El es Cristo. El es rama  del tronco de Cristo y retoño que brota de sus raíces. Sobre él reposa desde la ordenación el Espíritu del Señor con sus dones: sabiduría e inteligencia, consejo y fortaleza. ciencia y temor de Dios.  El no juzga según las apariencias ni por lo que oye decir. El juzga con justicia y rectitud a los débiles y a los pobres y los defiende de los violentos y malvados. Su cinturón será la justicia y la fidelidad. El sacerdote, animando su Parroquia, debe instaurar ese clima fraterno donde desaparecen los feroces y violentos y reina el amor y la paz.                     
                        El sacerdote se hace servidor de los demás, servidor de todos, como Cristo lo fue de los judíos. El sacerdote debe encarnar los sentimientos de Cristo. Su corazón debe ser amplio y acogedor como el corazón de Cristo. El, con su ejemplo, nos enseñará a ser mutuamente acogedores, hermanos, para que glorifiquemos a Dios con un solo corazón y una sola voz. Como lo pedimos y realizamos cada domingo en la Misa que preside el sacerdote: glorificamos a Dios con un solo corazón y una sola voz.
                        Y el Evangelio de hoy, hermanos, al presentarnos la figura de  San Juan Bautista también nos habla del sacerdote. El sacerdote, como San Juan en el desierto, debe proclamar: “Convertíos, porque el Reino de Dios está cerca”. Los tiempos mesiánicos prometidos ya han llegado, se están realizando. Cristo ha llegado. Debemos preparar el camino del Señor y allanar sus senderos. He aquí la misión del sacerdote: preparar el camino del Señor. Por eso hay que convertirse, cambiar de vida, dejar el pecado y abrazar a Cristo, salir al encuentro de Cristo que viene. Recibir a Cristo que quiere rebrotar en nuestros corazones aun después de haberlo abandonado nosotros por el pecado. Cristo siempre rebrota como un retoño del tronco.  Eso hace el sacerdote: proclama, grita, anuncia que el Reino de Dios está cerca. El mismo encarna en su vida ese Reino porque él es Cristo. El nos trae a Cristo porque Cristo se encarna en cada sacerdote. No es  sólo un hombre como cualquier hombre. Sobre él reposa el Espíritu del Señor. Es el Reino de Dios cerca de su pueblo.
                        Hablar del sacerdote es tan difícil como hablar de un misterio. Como Juan el Bautista, vestido con una túnica de piel de camello y cinturón de cuero, alimentándose con langostas y miel silvestre, el sacerdote a la vez pertence al mundo y es extraño al mundo. Su renuncia y disciplina, su vestimenta misma, nos recuerdan su identidad: encarnación y trascendencia, cercanía y misterio. Es diferente, no es un funcionario más. Fascina, atrae (de Juan el Bautista se dice que todos iban a su encuentro y se hacían bautizar por él confesándole sus pecados), o al menos impone respeto.
                        ¿No es, pues, una gracia maravillosa la de María Grande al recibir hoy en Marcelino este don de Dios para la Iglesia, un sacerdote?
                        El sacerdote, rama y retoño del tronco de Cristo. Una metáfora del sacerdote.
                        El sacerdote es como un árbol. Amigo de los niños, alegría de ellos cuando se hamacan en sus ramas, su seguridad o protección si lo trepan para sentirse más grandes o se esconden detrás de su tronco. En las ramas del árbol se simbolizan los brazos del sacerdote, capaces de tanto querer. Sus raíces se hunden en el suelo porque es un hombre, hermano de los hombres. Su altura se pierde en el cielo porque en todo sacerdote, por más débil e imperfecto, está presente el mismo Dios.
                        El sacerdote es como el árbol que sufre otoños e inviernos. Es hombre, también sufre. Callado como el árbol. Está preparado para ello. Debe ser fuerte como Juan el Bautista. Sufre podas que lo ayudan a crecer. Debe ser ejemplo y apoyo, fuerza en la que se apoye la comunidad. Pero el sacerdote, también como el árbol, sabe de florecer de primaveras y de frutos del verano. Siempre florece y da fruto. Incansablemente. Porque la fecundidad no es propia, es divina. Es como el retoño que rebrota aun del tronco viejo y sufrido. El sacerdote es como el árbol, siempre dispuesto a dar y dar frutos, aunque sabe que cada año vienen otros y se sirven de los frutos que recogen en la cosecha. El sacerdote es feliz dando y dándose, vaciándoes, agotándose. Es feliz cuando sus frutos son buenos, maduros, sabrosos y alimentan y agradan y hacen bien.
                        ¡Qué metáfora la del árbol! Sombra fresca para refugiarse en el verano. El sacerdote es sombra protectora y fresca que renueva y oxigena el aire. Como los árboles protegen las casas en el campo, ¿qué sería de un pueblo, de una ciudad, de una comunidad sin sacerdote?
                        El sacerdote, anclado en la tierra como el árbol, resiste firme los fuertes vientos y aunque parece crujir porque es hombre, ahí está de pie, fuerte, como emblema para la comunidad, como estandarte. Los sacerdotes mueren de pie, como muchos árboles.
                        El sacerdote es, como el árbol en el campo, punto de referencia para no perderse en el camino.  El sacerdote marca e identifica la vida de una comunidad. Sus sacerdotes son su historia, su biografía.
                        El sacerdote es como el árbol, capaz  de darse totalmente para ser cortado y convertirse en casa, mueble, banco o herramienta, leña cálida y  fuego y energía para el trabajo. Es amigo de los hombres. Es don para los hombres. Y de la raíz, y del tronco vuelve a brotar un retoño para seguir dándose. Y el árbol, y el sacerdote son felices dándose.
                        Como se defiende y cuidan los árboles debemos defender, amar y cuidar nuestros sacerdotes. La ecología sobrenatural se resiente sin sacerdotes árboles.
                        Amigo de las pájaros, que vienen del cielo, el árbol nos recuerda que el sacerdote habla con Dios y enseña a los hombres a orar, a hablar a Dios.
                        El sacerdote es, en definitiva, como el arbol de la cruz, como el árbol de la vida, como Cristo.
                        María Grande: ha nacido un retoño de la raíz del tronco de Cristo. Lo ha dado a luz la Madre de Cristo, cuyo nombre lleva el pueblo. Que María, que estuvo de pie, firme como un árbol anclado en la tierra, de pie junto al árbol de la cruz, haga fecundo el sacerdocio de Marcelino y éste dé muchos frutos de salvación para la comunidad. Que así sea.
 
 
Pbro. Lic. Hernán Quijano Guesalaga
(tomé algunas imágenes de un hermoso libro en inglés sobre la metáfora del árbol que leí hace muchos años y adapté para esta reflexión; vaya mi reconocimiento al autor, cuyo nombre no recuerdo)