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Padre Hernan Quijano Guesalaga
Arquidiocesis Parana (Arg)
Homilías y Pláticas Marianas (muchas de ellas predicadas a los seminaristas de Paraná):
María Reina

 
HOMILIA FIESTA PATRONAL SEMINARIO DE PARANÁ
Maria, Madre de la Iglesia
8 de junio de 1992
 
Jn. 19,25-27
Viendo Jesús a su Madre. Con esa mirada del Señor en las que vibra y se concentra toda su real humanidad.
Y junto a ella el discípulo a quien amaba...He aquí a tu Madre. He aquí a tu hijo. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa.
¿Cuál es la casa del discípulo amado en la que desde aquella hora recibió a la Madre del Señor? La casa es su corazón, su alma, su interior. Su casa es también su familia, sus hermanos, la Iglesia que se estaba gestando precisamente en esa hora (gestando, porque el nacimiento sería en Pentecostés).
La Iglesia recibe a la Madre en su casa. Pero la Madre precede a la Iglesia porque ella la concibe como Madre precisamente en esa hora de la Pascua. Y la Iglesia, engendrada por esa Madre junto a la cruz, la recibe en su casa como el miembro más insigne.
La Stma. Virgen María es Madre de la Iglesia. Pero también es su tipo y modelo (LG 63). ¿Por qué? Porque como Virgen y Madre ella recibió en su casa al Verbo antes por la fe y recibió en su seno -su casa- después al Verbo hecho carne.
Juan, el discípulo amado, representa a la Iglesia. Y la Iglesia debe imitar a la Madre, y recibir en casa al Verbo  y a su Madre, si quiere ser fecunda.
María recibió en su casa al mismo Dios.
Desde la Inmaculada Concepción fue templo de la divinidad. Plena de gracia, crecía en esa plenitud.
En el momento de la Anunciación se hace Esposa del Espíritu Santo y Madre del Hijo. El amado corre como el esposo del Cantar de los Cantares a unirse con su esposa virgen y la fecunda. Y el Verbo se hace carne. Y la Madre Virgen se hace casa donde Dios Hijo planta su tienda entre nosotros.
Cuando la Madre ora, es el mismo Dios viviente en su alma que se eleva al Padre con gemidos indescriptibles, como dice San Pablo.
Cuando guarda todo en su corazón, guarda primero el tesoro escondido del Misterio de Dios que sigue estando presente en su interior aunque contempla las palabras y gestos del Hijo salido de sus entrañas, de su casa.
Al pie de la cruz, la Dolorosa es penetrada como por una espada por el Misterio que guarda en su interior, en su casa.
Toda su vida terrena fue impulsada desde adentro por la fuerza del Espíritu hacia esta hora, la del misterio pascual de su Hijo, la hora en la que el discípulo, que simbolizaba la Iglesia, la recibiría en su casa.
Y en Pentecostés, en el Cenáculo, ella está presente junto a los Apóstoles como estaba junto a la cruz. Y los Apóstoles junto a ella, como el discípulo amado junto a ella, junto a la cruz. En el Cenáculo, donde fue la Ultima Cena, la Pascua adelantada. Y donde se reunían en memoria de Cristo para celebrar y actualizar la Pascua en la Eucaristía.
En Pentecostés ella es llenada por el Espíritu, precediendo a los mismos Apóstoles. Es el Espíritu vivificador que revoloteaba sobre las aguas de la primera Creación. Y ella es la nueva Eva, Madre de los vivientes que se hace fecunda porque comunica la vida divina. Madre de la Iglesia. Momento de dar a luz a la Iglesia que fue concebida junto a la cruz.
Mons. Adolfo Tortolo, Arzobispo de Paraná, que hacía vibrar cuando hablaba de la Virgen, porque tenía una devoción tierna y profunda hacia la Madre de Dios; un hombre del Concilio Vaticano II, que proclamó por boca de Pablo VI a María como Madre de la Iglesia, fue quien eligió para el Seminario de Paraná como Patrona a Nuestra Señora del Cenáculo, Madre de la Iglesia.
¿Qué semejanza debe tener el Seminario con el Cenáculo, el de la Ultima Cena y el de Pentecostés? Dice la Exhortación Apostólica Pastores dabo vobis (n.60) de Juan Pablo II que el Seminario es una experiencia original de la vida de la Iglesia. Y también que el Seminario debe ser como un Cenáculo, en torno a la Eucaristía, junto a María (como el discípulo amado), a la espera del don del Espíritu para la misión.
El Seminario debe ser casa en la que se recibe a la Madre, como el discípulo amado.
El Seminario es la casa del seminarista adolescente o joven. Aquí comienza su misión, por la unción del Espíritu. Aquí el seminarista padece los cambios más profundos, como en la ordenación de Diáconos o en la de Presbíteros. Aquí vuelven siempre los sacerdotes egresados y se hallan como en casa de su mamá, en su casa, en la casa de la Madre. Aquí comienza su misión y aquí termina. Por eso es todo un símbolo el cementerio sacerdotal a la entrada del Seminario. El sacerdote, discípulo de Jesús que recibió en su casa al Verbo y a su Madre, después de la muerte es recibido en la casa del Padre. Para vivir el misterio pascual, su hora, hasta la Resurrección. Y sigue siendo siempre sacerdote. Sacerdote para toda la eternidad. Sigue intercediendo. Y unido al Sumo Sacerdote ofrece al Padre, en su casa, alabanzas eternas.
Cada seminarista esté, como el discípulo amado, junto a la Madre de Jesús, al pie de cruz y junto al altar. Sea el misterio pascual celebrado en la Eucaristía, su hora.
Que esté dispuesto a recibir en la casa de su corazón al Verbo y al Espíritu. Y a la Madre del Verbo. Para ser fecundo como sacerdote al igual que la Madre y la Iglesia. Para dar vida como la Madre y la Iglesia. Como la Eucaristía que estamos celebrando.
 
Pbro. Lic. Hernán Quijano Guesalaga
 
 
Con
JUAN PABLO II,
junto a mis padres
12 de febrero de 1999